Viejas cabañas. Extramuros. Sobre la tierra de todos.
Posted on September 27, 2011 by Susana Velasco


Este es un cuaderno de trabajo de todo aquello que pueda tener relación con esta encrucijada: la de la tierra, las configuraciones que le han sido dadas y las vidas y las formas a las que acoge. Y en esta situación quizá sea posible pensar de nuevo en el sentido de la arquitectura en relación a esa tierra y a esas vidas.

Como punto de partida una pequeña porción de mundo – sin olvidar que ese pequeño fragmento bien pudiera contener el todo -, una agrupación de viejas cabañas en una ladera, en el afuera del nucleo del pueblo de Almonaster La Real, extramuros también de la antigua fortificación árabe, a espaldas de la mezquita y de la plaza de toros. No aparecen en ningún mapa, en ninguna ruta, no tienen ningún nombre. Fuera de todo foco, pero formando un extraño centro entre todos ellos. Una suerte de pivote de sentido desde el que tomar distancias al resto de acontecimientos que siguen vigentes alrededor.

Esta porción de tierra no está cercada, tampoco tiene un límite que le de forma, no está separada de nada sino más bien entretejida con el todo. Está atravesada por caminos que vienen de lejos, y que hoy apenas son visibles entre la vegetación silvestre. Esos caminos vienen de las aldeas, de la mezquita y entran a callejones del pueblo, otros llevan aún más afuera tomando una línea de cota. Las cabañas parecen haberse ido asentando cada una por razones bien diferentes pero en algún caso compartidas: proximidad, orientación, caída del terreno, continuidad de la forma correlativa, relación con la ladera. Casi todas ellas son bien pequeñas, guaridas, más que arquitecturas son más bien cuerpos, puertecitas minúsculas, patios reducidos al mínimo, algunos ventanucos… Todas estas construcciones – algunas se tocan entre sí, otras no -, aparecen enlazadas unas a las otras por alguna fuerza vital común, en esta situación de variada diferencia es apreciable un impulso que atraviesa el conjunto. Sin ningún documento que lo atestigüe forman entre sí una extraña comunidad.

 

Fuera de este pedazo de tierra el pueblo sigue su curso, las casas del centro, entorno al ayuntamiento, están bien restauradas, a la entrada por el este se levanta una construcción más actual que alberga el colegio, hay viviendas de protección oficial, la mezquita como centro del turismo de la zona, la plaza de toros restaurada y un polígono industrial más arriba. Y más afuera aún se encuentran lo que llaman “las aldeas” agrupaciones de casas y vecinos en medio del campo, algunas a varios kilómetros. En estas aldeas la conviviencia con los animales sigue presente. Muchos de los oficios que van desapareciendo se conservan aún en ellas. Esta ha sido sobre todo una tierra de ganadería. Qué será realmente eso de la ganadería. Puede tratarse de una particular relación del humano con otras especies animales, es extraño el situarla al mismo nivel que la agricultura y minería, desde ese punto de vista es clara la idea de explotación que las liga, o la de domesticación de aquello que en estado libre es de naturaleza salvaje. Y como si de otras aldeas se tratase se organizan también poblados en torno a las minas escondidas en la provincia de Huelva, bien organizados, muchos de ellos están hoy abandonados, pero hay minas que siguen dando materia, una compañia canadiense, entre otras, extrae el mineral, sus impuestos son una de las principales fuentes de dinero para el crecimiento visible de estos pueblos de la sierra.

Ahora sabemos que estas viejas cabañas se asientan sobre terrenos públicos. Y que de modo similar aparecen formaciones así en las aldeas de la comarca. Y que de alguna manera están vinculados a ellas casi todos sus vecinos. Aquellos que necesitaban de las bestias para trabajar, o de los cerdos para comer. Disponían de un terreno. Aquellos que se apañaban con poco para vivir. Esta circunstancia permite que se desarrolle una investigación sobre lo que abre o lo que cierra la posibilidad de una tierra de todos, común, compartida. En esta situación hemos visto la posibilidad de explorar algunos acontecimientos que se anudan a este pedazo de tierra:

poblados / elegir un lugar

tierra comunal / la riqueza de los pobres

bestias / humanos

el trabajo / la fiesta

casas de todos / la propiedad

Los trabajos que componen esta investigación suceden en diferentes momentos y diferentes estancias de este año 2011

 

 

 

 

 

 

Las cabañas

Posted on October 24, 2011 by Susana Velasco


Estas arquitecturas han ido creciendo en una zona singular de este pueblo. En terrenos a los que hoy se les llama públicos.  Desde hace mucho tiempo, tanto que se pierde en la memoria, los habitantes del pueblo que sentían la necesidad o el impulso de levantar una pequeña construcción, acudían a estos terrenos y de modo natural organizaban una porción de tierra, en ese momento servían prácticamente todas para guardar animales. Las más singulares son los zahurdones, construcciones de planta circular y cubierta de tierra con un patio, servían para engordar a varios cerdos. Es difícil precisar cuando y quién les dió esta forma. Juan tiene la teoría de que siempre se dieron construcciones circulares de este tipo, las primeras fueran posiblemente túmulos de origen funerario hechas por los primeros pobladores del sureste de la península, y con el paso del tiempo se fueron copiando estas formas para otros usos. En esta zona apenas queda un zahurdón en ruinas, mientras nos cuenta cómo lo levantó su padre, Miguel completa con sus gestos la materia que ha dejado de estar en pié. Sin embargo las más extendidas son las majadas, piezas rectangulares de muros de piedra y cubierta a un agua, con un patio lateral también rectangular, acogían también a los guarros, al parecer estos animales son extremadamente pulcros, y entre sus necesidades está la de un buen lugar para dormir. El resto de construcciones se denominan genéricamente cuadras, en ellas se guardaban a las bestias, así las llaman todos por aquí. Sobre todo acogían a las mulas y los burros. Después de que se prohibiera criar animales en el pueblo, y a causa también de la ganadería intensiva, estas cuadras, majadas y zahurdones se han ido vaciando de bestias y llenándose de toda suerte de objetos que sus vecinos guardan y atesoran en su interior.


Es posiblemente de las zonas más bellas del pueblo, pero parece ser que a ningún humano le dio nunca por venirse a vivir aquí, quizá influyó la falta de luz y agua corriente. Miguel recuerda solamente a un tipo que pasó cerca de un año en una de ellas, recuerda que era un extranjero, y que se instaló en una de ellas por amor, se le relacionaba con una mujer que vivía en el pueblo pero con la que no podía compartir su vida. Quizá sea la condición de extranjería la que permita renovar la mirada sobre estas cabañas, o puede que sea el amor la vía para comprender lo que aquí puede llegar a darse.

Hay en estas formas enlazadas algo de sensibilidad compartida. Preguntando de quién son te van llevando por el pueblo de puerta en puerta, han ido durante años pasando de mano en mano, por intercambio de bienes, cesiones, regalos, y en algunos casos vendidas por poca cantidad, diezmil pesetas. Y así han ido pasando por la vida de prácticamente todos los vecinos. Este grupo de arquitecturas han desafiado de alguna forma la idea de la propiedad individual  sobre la tierra, hoy en ellas se guardan los aparejos de las bestias y del campo, y colecciones de cosas de las que no se quieren desprender. Tomadas por la vegetación, siguen conservando la idea de que quizá sea posible una relación distinta con la propiedad, con las formas de uso y de vida, y de todo esto con el territorio. Puede ser que estén olvidadas – no es fácil comprenderlas en este tiempo que corre de acotación de la propiedad y separación de los seres – pero siguen manifestando una potencia que aguarda tranquila.

 

 

Bestias/humanos
Posted on October 24, 2011 by Susana Velasco

 


Hasta hace pocos años algunos vecinos seguían teniendo bestias en estas majadas y cuadras. La proximidad de éstas a sus casas permitía llevar y traer a los animales. Los pasos que salen hacia la sierra se les llamaba caminos de carne, por allí se transitaba con las bestias, aún hoy sirven a un grupo de cabras y algunos burros y mulas que todavía quedan. En tiempo de la matanza se hacía bajar al guarro desde la majada -junto a la mezquita- por la calle hasta la casa familiar, y allí en algún patio, o a veces en al calle, se sacaban los útiles y toda la familia se ponía manos a la obra. La sangre corría por la pendiente y los críos se ponían delantales y con unas vasijas de corcho recogían las vísceras.

Los pobres engordaban a los guarros por necesidad, los más pudientes lo siguieron haciendo por tradición. Los terratenientes mandaban hacer también la matanza, así pagaban en especies a sus jornaleros.

La calle por la que bajaban los animales al pueblo atraviesa la plaza del ayuntamiento, y a medio camino -en el recodo- vive Miguel. La fachada de su casa se presenta como anuncio de una idea. El muro encalado se asienta sobre un afloramiento de rocas que sobrepasa el nivel de la calle. Este desnivel rocoso invade también el suelo de la planta baja de su casa. Las calles han tratado de someter estas erupciones, pero hay recodos donde este relieve atraviesa la capa de lo visible e irrumpe en la superficie con fuerza.


Miguel se levanta antes que el sol, las mañanas las pasa en una tierra ladera abajo donde tiene una cabaña de piedra, un caballo enorme, unos guarros y una huerta asilvestrada. A estos refugios por aquí los llaman montes, como si esta pequeña construcción acumulara en sí la fuerza que de otra forma se desparramaría por la ladera. Después a mediodía deshace el trayecto que le separa una hora de su casa, sube con leña y algo de la huerta para comer. Nada más comer sube ladera arriba a otro hermoso terreno de alcornocal, desde ahí arriba se ve el pueblo. Desde todos estos terrenos se abre el paisaje al horizonte lejano, cuenta así Miguel como para él es igual de importante la calidad de la tierra que el horizonte que es posible contemplar desde ella.  Fue comprando las terrazas que lo forman poco a poco, escalando así por tramos ladera arriba, en cada nivel fue haciendo más refugios, los montes. No ahorró nunca dinero, no le sirve para nada. De vez en cuando recuerda que a él no le hace falta nada, así que no guarda dinero. Por estos montes de arriba tiene un grupo de cabras. Una de ellas ha sido alcanzada en una pata por la flecha de un furtivo,  va a cuidarla todas las tardes, es la más bella de sus cabras. La de los cuernos ondulados como columnas salomónicas. Le da comida y le vaporiza un desinfectante azulado que contrasta con su pelo cobrizo.


La casa  donde vive fue levantándola poco a poco. Un hermoso suelo hidráulico, tres pequeñísimas estancias, una enorme chimenea. Una parte del doblao la tiene a modo de secadero, allí almacena y seca las semillas, y guarda colgados los mejores aparejos de tela de su padre. Dicen que Miguel es el último talabartero de por aquí. Siguió el quehacer familiar, trabajó con sus burros y sus mulas allí donde se necesitaba arar o cargar con materiales. Siguió también el arte de los aparejos. Utensilios que median entre el humano y las bestias, entre las bestias y la tierra. Hace algunos años que comenzó a pintar. Muchas veces copia algún cuadro y utiliza el óleo. Cuando no copia prefiere un cuaderno, un lápiz, y dibuja antes de acostarse, con la televisión puesta. Dibuja las cosas que mejor conoce. Las láminas son una suerte de bestiario. Pájaros en distintas actitudes, burros en escorzo, cabras caminando, y zorros al acecho sorprendidos de vez en cuando por algún humano. Cada lámina es el alzado de una situación que se desarrolla en el tiempo.  Miguel habla siempre con voz pausada, parecido a un murmullo, sus manos le acompañan cuando habla y acaban sus frases acercándose a su rostro con un adorno, un suave giro de muñeca que termina por desenvolver hacia afuera una parte del sentido. A Miguel se le conoce como El Pajarito.

 

 

 

 

La historia/ la risa
Posted on October 24, 2011 by Susana Velasco


En la primera casa de la calle de los Capuchinos viven Juan y Marichu. Su casa apenas ha sido modificada, portada de ladrillo, zaguán de entrada, crujía de la zona vividera, patio trasversal, crujía de almacenaje y fondo de jardín, huerta y cuadra. Las salas en penumbra permiten entender esta secuencia que a su vez construye una forma de vida.

 

 

Juan pasa el día entre esta penumbra, atraviesa la secuencia de patios para llegar a su taller del fondo, allí ha ido recogiendo y clasificando toda clase de piezas y mecanismos con los que completa y repara cualquier cosa. Junto a este taller hay una sala donde ha ido recogiendo también juegos para los críos. Archivadores con documentos de genealogía de las gentes del pueblo, álbumes de fotos. Pero el lugar  que más le gusta está en el doblao, subiendo unas escaleras. Ahí arriba, en lo que en algún tiempo fuera palomar, ha ido guardando piezas de todo tipo, encontradas muchas veces por casualidad, o escarbando la tierra con ojo avezado. Juan fue facultativo de minas, esto debió de abrirle el ojo a la historia de la materia que nos aparece como inerte. Trabajó en los yacimientos de la zona para empresas extranjeras, así que hable francés y no pierda ocasión de ponerlo en práctica. Ahí arriba, bajo una cubierta de vigas de madera en disposición circular continua –a la portuguesa-, como si de una nave invertida se tratase, se disponen mesas con infinidad de guijarros, trozos de vasijas, ingenios del campo. Una suerte de nave varada que parece atesorar lo que queda de Tartessos. Y con cada pieza se desvela una historia encantadora, y desde ella reconstruye la genealogía que desencadena su forma. Un canto rodado de caras planas, con un agujero taladrado, lo acerca a su ojo y muestra el gesto que da vida a esa piedra: un prehistórico protector del ojo para trabajos peligrosos. Juan ríe contagiosamente todo el tiempo mientras habla, arrastrando también las letras de las palabras, desvelando en el sonido sus mutaciones. Al reír lo que cuenta vuelve a tomar presencia. Todo el pasado es presente. Ha perseguido el origen de las palabras populares, y esas palabras derivadas -como un juego de palabras encadenadas- desatan también una inmensa risa. El tiempo da risa. En la penumbra de esta casa entre patios cobra vida toda la historia de este pueblo y sus aldeas, todos los vecinos, sus pequeñas historias, todas las casas, todas las piedras. Y todo esto toma la forma de una inmensa carcajada.

 

El trabajo/ el derribo
Posted on October 26, 2011 by Susana Velasco

 


Bajando la misma calle Capuchinos está la casa de Dolores y Jose Joaquín. Él es albañil, lleva tiempo desvelando portadas antiguas de ladrillo en muchas casas, fue él quien restauró la de la casa de Juan y Marichu, también quien les hizo la cubierta de madera a la portuguesa del doblado. Durante una época estas portadas comenzaron a  cubrirse y camuflarse tras un mortero blanco hasta desaparecer. Al igual que Miguel el pajarito tienen una de las cuadras en los terrenos públicos junto a la mezquita, la utilizan de almacén de materiales. Muchas de las cosas que encuentra en las rehabilitaciones las guarda. Así las paredes del salón están cubiertas de imágenes recogidas en derribos.  A Jose también le ha gustado buscar por el campo construcciones en medio de la naturaleza, guarda una serie de  imágenes con enclaves que hoy día han desaparecido, arruinadas o desmanteladas, pequeñas trazas de construcciones antiguas que no han alcanzado el listón para ser protegidas. Jose busca las razones que las han construido en medio de los montes y trata de encontrar argumentos.

 

Las imágenes están revueltas en cajones y álbumes, pero a cada rato se descubre una nueva familia de fotos, entre las de momentos de trabajo en la obra aparece otra serie con fuerza, una secuencia vinculada a algo parecido a la recreación de mundos: odaliscas, moros y cristianos o la vida de Jesús.

 

 

La comunidad/ lo ilegítimo
Posted on October 26, 2011 by Susana Velasco


 

El centro del pueblo estuvo en sus orígenes en el cerro, antes incluso de que hubiera mezquita, luego ésta se levantó a partir de sillares  y columnas visigodas y  romanas, las casas se apiñaban en torno a ella protegidas por una muralla fortaleza. Las columnas y los sillares fueron montándose y desmontándose, pasando así entre formas y volúmenes que recogían la materia de los anteriores. En el siglo diecinueve se hizo uno de estos morphing: se desmontó la fortaleza para hacer una plaza de toros. La traza circular y su graderío se terminaron encaramando a la mezquita redibujando la situación con un insólito abrazo. Las invasiones bereberes en la península produjeron asentamientos en las sierras del sur, en un tipo de paisajes  afines a los invasores. Juan cuenta algunas historias de éstas, él también tiene cara de bereber, escribe cuentos  a propósito de la época islámica, y los mezcla con nombres de personas que conoce cualquier día por casualidad. Los bereberes eran pastores y andaban con las cabras por el monte, como Miguel.


Las casas no se apiñan ya junto a la mezquita, si acaso las viejas cabañas son lo más próximo. La casa donde vive Angelita es de las que hoy día quedan más encaramadas al cerro, un carril sube desde su casa hasta la plaza de toros, ella y su marido fueron adquiriendo poco a poco las cuadras colindantes. Hoy están abandonadas. Cuenta como fueron pagadas con diezmil pesetas en un bar, sin ningún papel. Ella es de una aldea, como casi todo el mundo allí, no le apura contar que es  hija ilegítima de un señorito que no quiso saber nada de ella, se crió en la pobreza y aprendió los trabajos de los pobres. Marchar al campo para la sementera, andar al bosque y recoger pedazos de madera, lo que llaman el cisco, con eso se encendían braseros y cocinas. Cuando las empresas del medioambiente llegaron al campo a controlar los bosques empezaron a supervisar los montes y a multar a quienes por allí recogían los desechos, qué sabrán los del medioambiente nada más que vigilar y multar a quienes siempre estuvimos en el monte, lo mismo que no le gusta que le manden no elude tampoco ninguna responsabilidad, el gobierno somos todos, pero todo esto está preparado para que no nos enteremos de nada. Su padre tuvo luego una familia, nunca quisieron saber nada de Angelita, un día su hija le contó con sorpresa que el profesor de la escuela tenía su misma cara, que era clavadito a ella.

Esta actitud parece recoger el testigo de lucha y de no doblegamiento de Louise Michel. Acusada de promover las acciones de la Comuna de Paris  respondió  ante el tribunal:  No quiero defenderme, no quiero tampoco que me defiendan. Pertenezco a la revolución social, y declaro aceptar la responsabilidad de mis actos. Lo acepto todo entero y sin restricción. (…)Ya que, según parece, todo corazón que lucha por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de esta Comisión. Louise era también hija natural de una sirvienta y de un terrateniente.

El carril que sube de su casa a la plaza de toros está lleno de zarzas, no recuerdan la última vez que por allí subieron. Dimos un paseo por todo aquello y hablando se nos hizo de noche. En la bajada del carril abandonado y oscuro emergía entre las zarzas un ramillete luminoso de azucenas salvajes.

 

 

Casas de todos/ la propiedad
Posted on December 9, 2011 by Susana Velasco

 


Hasta hace no mucho tiempo en Almonaster se daba un fenómeno particular en la estructura de la propiedad y la organización de la vida en el pueblo. La población se repartía diseminada por los montes en una constelación de pequeñas aldeas comunicadas con el núcleo del pueblo por caminos. A pié o en bestias, las distancias son de cuatro  hasta treinta kilómetros. Esta circunstancia propició que los vecinos de estas aldeas formaran pequeñas sociedades y se organizaran para adquirir y mantener una casa en el núcleo del pueblo, una casa comunal para los vecinos de la aldea. Esta costumbre de compartir una casa se fue perdiendo, se vendieron y han sido remodeladas, desapareciendo zaguanes para bestias y multitud de pequeños gestos materiales construidos por la idea de comunidad. Alguna de ellas guarda aún parte de ese espíritu. Estos últimos días los he pasado en la antigua Posada de la aldea del Arroyo -hoy casa de Titín-, por allí siguen pasando hoy singulares vecinos de una extraña aldea, algunos venidos de Rusia, otros abandonando los hábitos y huyendo de la vida de un convento cercano. Se recuerdan todavía muy bien estas antiguas Posadas. Eran casas concurridas, pequeños centros vitales donde se sucedían constantemente acontecimientos. Construcciones sencillas, contaban con varias habitaciones para acoger al que llegaba con alguna urgencia o trámite. Los vecinos de las aldeas llegaban montados en bestias, por lo que la entrada se hacía por un zaguán empedrado, así que estas casas estuvieran preparadas para que los animales pudieran entrar y salir con facilidad y descansar en su interior.


Es curioso como se situaban estas casas comunes dentro de la trama del pueblo, cercanas siempre a la salida natural hacia su aldea de origen, como queriendo señalar con su posición el vínculo que las sostenía, Almonaster era un pequeño parlamento donde se daban cita las dieciséis aldeas, haciendo del casco urbano una suerte de sensible palma de la mano,una miniatura de la extensión habitada más allá en los montes.


Algunos vecinos de Calabazares y La Escalada posan delante de aquella casa comunal que compartían. El momento en el que se produce esta imagen -1936- hace de este pueblo, a su vez, otra miniatura de lo que estaba ocurriendo en el territorio español. El día anterior algunos hombres habían derribado la Cruz del Llano frente a la casa común. Los escombros del pedestal esparcidos por la pendiente sirven de motivo para tomar la foto. Este lugar es uno de los epicentros de la fiesta de las Cruces de Mayo, rituales con un origen pagano bien antiguo que celebraban la naturaleza con bailes y cánticos en torno a árboles y esferas de piedra. El lugar del rito fue cambiando su forma aparente a pedestales y cruces, pero la raiz pagana sigue viva aún. El ocasional derribo del pedestal parece haber desmontado esa forma religiosa, pero también haber devuelto, sin querer, el lugar a las formas de las piedras, su forma más pagana.


En esos días algunos vecinos del pueblo habían constituido lo que se definiría como un comité de defensa de la República, se hablaba de expropiar a los terratenientes las tierras que no usaban y repartirlas entre los más pobres, se hablaba también de crear entre todos cooperativas para labrar fincas comunes, de repartir los frutos y las ganancias, y de otros muchos aspectos que componían la tan famosa revolución. En esos días llegan las noticias del levantamiento de los militares, en casi todos los pueblos de la sierra el Frente Popular había constituido estos comités. Las piezas simbólicas del pueblo cambian de uso, transformando el escenario en una nueva forma de organización, se requisan tierras para su cultivo y se organiza un comedor popular en la ermita del Cristo, la plaza de toros se usa como desolladero para el ganado requisado, la otra pequeña capilla servirá para el comité. El retablo mayor de la Iglesia, tallado en el siglo XV, es abatido. Cuenta alguno que con sus valiosos fragmentos -estructuras de maderos y tallas únicas- se levantó la barricada que pudiera parar la entrada fascista por la Era de la Cuesta.

 

Qué extraño placer produce imaginar el abatimiento del monumento y la fragmentación por sus vetas más sensibles. Pensarlo desmontado y reconstruído con otro orden nuevo. De la lógica de la composición de superfícies y medio bulto a la lógica del espacio practicado. El rascacielos de escenas y las figuras preparadas para emitir fulgor van bajando a pie de calle para reorganizarse como un escudo, mezcándose con los cuerpos mortales, siguiendo así su misma suerte.

 

 

Elegías. Lo abierto.
Posted on December 11, 2011 by Susana Velasco

La distancia entre el humano y el animal se alarga cada vez más. Los habitantes de la ciudad han eliminado poco a poco a los otros seres que aun toleran nuestra presencia, sienten así una orgullosa repugnancia hacia las palomas. Benditas criaturas salvajes que osan permanecer y desafían con sus movimientos la ciudad planificada. La división jeráquica primera que dibuja al homo como una animal rationale, por encima los dioses, por abajo, los animales, continúa después estableciendo otras diferencias, como las de los hombres y las mujeres, los adultos y los niños, los civilizados y los salvajes.

La entrada a este jardín se abre a un mosaico circular rodeado de vegetación exhuberante; entretejido con árboles y trepadoras se aprecia una estructura calada que serpentea por el jardín tomando formas diversas, su interior está lleno de aves y en los tramos más grandes del aviario hay espacio suficiente para volar. En los pueblos el encuentro con el alma animal también se va reduciendo, Paco va resolviendo esta ausencia construyendo espacios donde compartir su tiempo con los cantos de los pájaros. La pobreza le abrió la inventiva, de ahí que haya ido ideando formas autoconstruidas, comenzó dibujando formas con el empedrado, ha seguido cubriendo así muchas de las calles de estos pueblos. Durante muchos años como casi todos aquí tuvo cabras, levantó para sus animales, entre las peñas, una hermosa cabaña a base de madera y chapa de bidones. Ya no vive de estos animales, pero no ha podido evitar traer algunas cabras serranas a esta cabaña, blancas y de cuernos contorneados, con ellas pasa cada día gran parte de la tarde.


Quedan algunos signos de presencia animal; recogidos en diferentes formas, dispersos aquí y allá; algunos puros, otros interpretados por el humano. Contienen esas formas algo del presente pleno. Rilke revela todo esto sin elevar la voz, la octava Elegía de Duino merodea esta intuición. Los humanos captamos en los ojos de su cara la presencia de lo abierto, y gracias a esta hondura de su semblante podemos saber lo que hay afuera, más allá de nuestra conciencia y del espacio acotado que demarca.

 

Con todos sus ojos ve la criatura
lo abierto. Sólo nuestros ojos están
cual trampas en torno a su libre salida.
Lo que hay afuera lo sabemos sólo por el semblante
del animal; porque ya al niño tierno
le damos la vuelta y lo obligamos a mirar hacia atras
lo ya formado y no lo abierto, eso que es
tan profundo en el rostro del animal. Libre de muerte.
A ella solo nosotros la vemos; el animal libre
pues ya desde el principio volteamos al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,.
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene tras de si su ocaso
y ante si a Dios y, cuando camina, entonces camina
en la eternidad, asi como manan las fuentes.

La presencia de estas formas de lo abierto se va apagando, pero algunas formas salvajes resisten en lo incontrolado. Los vecinos recuerdan como el cerro de la mezquita estuvo hasta hace algunos años lleno de construcciones para animales, las que quedan en pié abren el principio de este trabajo. Recuerdan también cómo los animales ocupaban en lo alto incluso el interior de la muralla, andaban así de modo libre dentro y fuera. Con la luz de la mañana acariciando esa superficie se puede apreciar todavía un manto surcado por una dibujo de caminos, el tejido de malla que forman revela los seres que sobre él han caminado. La superficie de esa tierra recuerda a un mar, el espacio liso más puro, donde no hay bordes sino intensidades. La mirada que lo recorría en otro momento supo ver caminos por todas partes, su carne hizo del monte camino, y ofreció a la tierra aquello que vemos en la profundidad de su mirada, la posibilidad de lo abierto. Caminos de carne.

 

Aparejos. Mediaciones
Posted on December 12, 2011 by Susana Velasco

 

Pienso en el significado de aparejo, y en cómo guarda consigo la idea de dispositivo de mediación. Son los palos y las velas que se exponen al viento para ponerse en movimiento, son también los utensilios de pesca. En construcción son las disposiciones y  la traba de los materiales para sostener una estructura. El talabartero moldea y cose aparejos en tela que se adaptan a la cabeza o al lomo de las bestias para cargar, arar o montar al animal. Le he pedido a Miguel que me cuente cómo se cosen y se colocan los aparejos, para explicármelo se los ha puesto encima de su cuerpo, me ha sorprendido el espacio vacío entre el aparejo y su rostro, ese vacío es la distancia que le separa del burro, pero en ese instante había algo que les aproximaba. Los aparejos median entre el humano y el animal. Luego son los aperos los que voltearán los surcos, así que éstos medien entre el animal y la tierra. Qué difícil le resulta al humano el encuentro directo con las cosas. Espectadores, siempre a distancia del espectáculo, percibiendo el mundo ya interpretado, pero jamás lo abierto.


Hablo con un amigo del deseo de tener algún animal con el que salir a nadar, quizás un visón sea algo no demasiado extravagante. Parece que de este modo pudiéramos prolongar nuestra sensibilidad en el otro cuerpo, casi sentir la motricidad y la viveza de la que carecemos. Eso ocurre en cierta forma al ver volar a las aves, aunque no las poseamos. Los animales se han representado antiguamente siempre de perfil, en la dirección de su forma, de su avance, como un vector, un canal; parece ser que antes era bien extendida la idea de que eran vehículos para conectar con la naturaleza. En unas cartas que escribió Rilke en su estancia en España se da cuenta de lo fácil que nos resulta captar en nuestro interior la voz de los pájaros, hasta hacer posible que el mundo entero se torne en nosotros espacio interior, porque sentimos que el pájaro no hace distinción entre el corazón suyo y el corazón del mundo. Son tan diferentes los efectos con el medio que hablar de los animales es tanto como no haber definido nada. Las clasificaciones de la ciencia han conseguido la racionalización de aquello que nos cuestiona, alejándolo, neutralizándolo. Destinados así a los placeres de la caza, la equitación o la cocina. Frente a esto cabría hacerse la pregunta de si es posible establecer algún tipo de relación más justa con los animales, menos engañosa y desequilibrada. Cabría también preguntarse si es posible hacer de nuestro entorno un lugar más conectado con lo abierto. Si algo de las formas que nos rodean – aquellas que construimos- puede aprehender de ese otro algo animal.

 

 

Si ese animal que seguro avanza hacia nosotros
en otra dirección tuviera una conciencia como la nuestra
nos haría cambiar de rumbo con su transformación.
Pero para él su ser es infinito,
incontrolado y sin visión de su propio estado,
puro, al igual que su mirada hacia delante.
Y donde nosotros vemos futuro, ahí él lo ve todo
y se ve en todo y a salvo para siempre.

 

Carne y piedra
Posted on December 13, 2011 by Susana Velasco


El trabajo siguió tratando de encontrar qué tipo de relaciones habían sido capaces de establecer estos vecinos y los animales. Este toro recibía la visita de Dulce todas las tarde, Romualda sonríe junto a los cerdos. No quedan muchas fotos en las casas, hubo una costumbre extendida de quemar las imágenes propias  cuando uno sentía de cerca la muerte, Gregoria, que tiene más de noventa años, atiza el fuego de la lumbre, hace ya muchos años que quemó en esa candela sus fotos, no fuera luego a hacer alguien algo con ellas cuando ella faltase. Esta costumbre quizá comenzó en medio de la guerra civil, muchos vecinos fueron represaliados y las imágenes guardadas eran una fuente de problemas, así que las empezaron a quemar.


Abre Sennet su trabajo Carne y Piedra: He intentado comprender cómo estos problemas relacionados con el cuerpo han encontrado expresión en la arquitectura, en la planificación urbana y en la práctica de la misma. (…) El cuerpo se mueve pasivamente, desensibilizado en el espacio, hacia destinos situados en una geografía urbana fragmentada y discontinua. (…) Hoy en día, el orden significa falta de contacto. Intenta comprender cómo esa promesa se ha hecho y se ha roto en un lugar concreto: la ciudad.

 

 

En lo alto del cerro muchas de las cuadras y majadas están llenas de cosas, trastos viejos, o pequeños tesoros. Miguel saca de la oscuridad una piedra, a simple vista no parece particular, mientras le pasa la mano por encima va contando cómo se la encontró allí enterrada al remover la tierra para abrir un cortafuegos. La piedra tiene dos lados, separados por un borde bien delineado. Le da una palmada fuerte en la cara superior y nos advierte que es una testuz,  con el arranque de las orejas en la línea de borde. La testuz es la frente en los burros y caballos y la nuca en otros animales como el toro, es la parte más expuesta al contacto de la mano humana.


Pasé una noche por delante del pequeño matadero, las puertas estaban abiertas y la luz encendida. La entrada estaba llena de cazadores, en medio de un charco de sangre arrastraban cuerpos de jabalí y de ciervo, a éstos les costaba voltearlos, agarrándoles de las patas delanteras, haciendo un pequeño baile antes de cortarles la cabeza. En medio de esta escena lo que más sorprendía eran los ojos abiertos de todos esos animales, los ojos de lo salvaje por los que antes entraba lo abierto tenían la apertura vacía, relajada, después del instante preciso en que un cuerpo es abandonado por el impulso vital, y expira. Había un gran silencio, el olor era fuerte. Los jabalís colgados humeaban vapor todavía.
Toda la tierra por aquí está en pendiente, las pequeñas construcciones que puntean la tierra se les llama montes, -aquellas que parecen recoger y guardar la energía que de otra manera se desparramaría por la ladera- , salir a esos bosques de caza y volver con lo que circula y corre por ellos se llama montería.

 

Algunas señales
Posted on December 13, 2011 by Susana Velasco

 

Este recorrido extramuros por viejas cabañas, montes y animales comenzó con una invitación de Campoadentro y una localización en el pueblo de Almonaster la Real -en la Sierra de Aracena. Pensé que ante esa invitación abierta -sin motivo previo ni lugar-  lo mejor sería trabajar por alguna necesidad que se diera en el pueblo, trabajar para resolver la necesidad pero también para tomarla como punto de partida real desde el que pensar en algunos asuntos planteados en las cuestiones lanzadas por Campoadentro. Esa necesidad concreta no apareció ni se encontró, así llegué por primera vez al pueblo tratando de dar con las señales de un trabajo posible. El encuentro con el grupo de construcciones abandonadas del cerro de la mezquita tomó rápidamente sentido, la extrañeza y naturalidad de su posición, sus formas y medidas, daban cuenta de una profundidad trabada en el tiempo.


Se ha tratado este tiempo de algo así como estar atento, se ha tratado entonces más de estar que de ser. Hacer del proyecto una escucha más que una propuesta, poder darle un poco de tiempo a todo para que se pudiera formar una suerte de relato. Y en paralelo a este relato comenzaron a aparecer señales por todas partes. El trabajo trata también de decantar algunas de ellas.


La tabla de Fra Angélico -Theibade- está pensando en un lugar similar al de esta propuesta. Su visión hace avanzar sustancialmente ésta. Presenta una situación de extraña sintonía, las laderas de un monte,  y pequeñas construcciones diferentes pero atravesadas por ese mismo impulso común, caminos y animales; los eremitas pueblan este monte, cada uno es diferente. Acercándonos vemos cómo ordeñan una cierva, o dan la mano a un osezno, los animales comparten el espacio. El eremita trae consigo la idea de soledad, pero también el encuentro real con las cosas mismas, estos eremitas están en el mundo con toda su completud,  solos pero en compañía, todo alrededor contiene la misma importancia, todo se acompaña.


He dibujado varias veces la situación del cerro para entenderla y ver cómo estas construcciones se enlazan y a su vez son indivisibles de la mezquita y plaza de toros. Son parte del antiguo poblado medieval, pegadas a la muralla en extramuros,  sus piedras se han montado y desmontado en varias formas diferentes desde su fundación, pero eso no se cuenta en ningún mapa. En estos primeros dibujos de cuaderno se constata lo que hay, y parece que sea ya suficiente, el proyecto es entonces una lectura atenta, la toma de conciencia del mecanismo que aquí está en marcha. Estas construcciones, algunas más o menos caídas, otras sin cubiertas, son hermosas ya, tal y como están, no hay ningún retoque sobre ellas, son un extraño encuentro entre lo salvaje y lo meditado. Ofrecen la posibilidad de un paseo de señales, un lugar arqueológico, sin cartelas, sin luces, sin museo.


Cuando el pasado está tomado por la organización del poder y su aparato estas cosas es lo que nos queda como arqueología a los pobres, esto es lo que podemos investigar, decía Ángel, un apasionado antropólogo de las trincheras de la guerra y de los mojones de la caminería medieval. Arqueología de la pobreza.
A uno le dan ganas de irse a vivir allí al cerro.

 

 

 

 

Si acaso se podría tratar de concretar una operación de síntesis, un ensayo. Qué forma construida sería posible a partir del relato, de lo que se ha ido vinculando poco a poco en este cuaderno. Una operación posible sería la de levantar una cubierta, pero no tanto para habilitar un espacio, sino una cubierta que sobrevolara por encima de algunas de estas estancias dando a ver las relación que las atraviesa, haciendo aun más conjunto, dando a ver la extraña comunidad. Quizá la materia de la cubierta pueda registrar la forma de la vida que allí se dio. Sería bonita la idea de volver a traer a los animales al cerro,  que corrieran de nuevo y descansaran entre esas construcciones humanas. El lugar tomado por todas esas testuces, el registro de las testuces: el lugar donde poder poner la mano también si acaso un humano, la superficie de contacto del encuentro posible.


Imagino al cro-magnon moldeando el cuerpo del animal sobre la piedra irregular. Esa gruta es en realidad un pasaje, y no el refugio de los humanos frente a las bestias. La Grotte Chauvet era el refugio del oso cavernario y de otras fieras, sus pisadas y zarpas están marcadas por toda la roca. A esa misma gruta entraba el cro-magnon y trazaba con carbón un relato de bestias, no sabemos si aprovecharía su ausencia o cómo lo lograría. Las figuras marcadas sobre la piedra están encadenadas en su movimiento, recorren la gruta más de cuatrocientas figuras y dieciséis especies, como un desplegado de los contactos de Muybridge. Protocine.

Cuentan que en el Paleolítico se daban dos fenómenos que conducían toda la actividad del cro-magnon, eran la  permeabilidad y la fluidez, así han denominado a la capacidad del espíritu para pasar de unos seres a otros y a su vez a lo que hoy llamamos inerte.

 

 

En este tiempo también hemos estado investigando sobre moldeos, prototipado de formas hechas con espuma. Es inevitable pensar en el trabajo que está haciendo Leticia con todo esto. Tratar de dar con una forma del movimiento, trazando catenarias, y encofrando la espuma con algo fungible.

 

 

Habíamos subido juntos al cerro ya varias veces -Angelita, Eloy y Miguel-, quienes entre otros han dado forma a este relato. Ellos son algunos de los muchos vecinos que legalmente poseen estas viejas cabañas, pero no su tierra, suelo que hoy se llama público. La ley decía: el que coloca las piedras adquiere el derecho. Esta situación guarda una posibilidad: releer la situación desde la idea de tierra comunal. Esta última vez subimos con unas lonas grandes, unos palos y bastantes aparejos, también con una colección de las fotos que han ido formando este relato. Hicimos pruebas de resistencia y de medida. El paseo de una cubierta que se movía por todo aquello sostenida por varias manos, y extendiéndose sobre los recintos medio en ruinas acogía en el mismo gesto el recuerdo de lo que aquello había sido y de lo que ahora se barrunta.


Quizá se pueda hacer un cine. Una imagen fugaz, una superficie de cuerpos en movimiento. Carne y piedra. Quizá se pueda aprender de lo que encierran los aparejos, de todas esas casas de los vecinos,  de los dibujos de este relato hechos por varias manos. Algo que devuelva alguna forma material a todas estas señales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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